Desde el banquillo las cosas se ven diferentes

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Siempre me ha tocado escribir en esta página desde el perfil de administrador, una máscara que me permitía separar lo que escribía aquí, de lo que pudiera expresar en primera persona. Por mucho que intenté que hubiera la menor distancia entre ambos puntos de vista, no siempre lo conseguí, por eso, hoy prefiero escribir bajo mi nombre, el de Andrés González, un jugador veterano y un prácticamente nobel entrenador.
Lo que hoy me trae de nuevo a la web es un tema que en estos días estoy contemplando con pena y por desgracia algo de resignación. La salida de entrenadores sobradamente preparados de sus equipos, ya sea por buscar otros nuevos caminos o simplemente por el desgaste propio del día a día.
Hace unos meses el actual seleccionador nacional, Jordi Ribera hablaba de que era necesario que los jóvenes jugadores apostaran por el balonmano, en otras palabras, que identificaran en el balonmano un futuro posible para sus vidas, tanto en el plano de la satisfacción personal como en el plano económico, pero se me plantea una duda ¿qué pasa con los entrenadores?
Todos los que vivimos el balonmano nos congratulamos cada vez que vemos a un entrenador español al frente de los mejores equipos ya sean nacionales o extranjeros, nos repetimos una y otra vez los grandes “directores de orquesta” que se producen dentro de nuestras fronteras y lo tan genialmente valorados que están de puertas para afuera, sin embargo los Ambros Martí, Valero, Talant, Raúl González, etc no suponen nada más que la punta de un iceberg que por desgracia, al igual que de las rocas heladas, su gran masa permanece bajo la superficie de lo que sería económicamente viable. Para un entrenador que no se encuentre bajo los focos del primer nivel, es prácticamente imposible buscarse la vida en el mundo del balonmano si no es compaginando su posición de técnico con otro trabajo “flexible”, esto es, que le permita tener tiempo suficiente para preparar partidos y entrenamientos a parte de asistir a ellos como hacen los jugadores o de que asuma la dirección de tantos equipos que la dedicación que debe hacer a cada uno individualmente sea por lo menos excasa ¿Qué ocasiona esto? Que la base del balonmano español (la que por cierto consigue año a año grandísimos resultados a nivel internacional) continua viviendo de “locos” que apuestan demasiado por el amor que confieren a este deporte.
Si eres estudiante, vives en casa de tus padres y no tienes ninguna otra obligación, lo de sacar de 100 a 200 euros al mes para tus gastos por hacer lo que te gusta está bien, pero para alguien que haya cometido el enorme pecado de adquirir responsabilidades en su vida, apaga y vámonos, el balonmano base español no es su camino. Desde mi humilde punto de vista, la de un auténtico enfermo de esta locura gratificante que supone el ser entrenador de balonmano, siento decir que a no ser que te plantees el realizarte como entrenador como un aporte más místico que tangible, siento comunicarte compañero que imposible y eso aunque suene triste, es la pura realidad.


La situación actual es devastadora y viene ocurriendo así desde antes de que golpeara la crisis económica en el balonmano patrio, sin embargo de unos años a esta parte la situación se ha trasladado a categorías en las que antes no ocurría y lo peor es que no tiene pinta de revertirse. La dedicación que requiere un equipo de categoría nacional tanto de chicos como de chicas no encuentra el respaldo económico que solicita un trabajo de este requerimiento. Soy consciente, no hay dinero, pero si pensamos que podremos subsistir como hasta ahora a base del corazón que ponen entrenadores anónimos cada semana en el 40×20, estamos condenados a morir como deporte. En la sociedad se han modificado los principios de las personas, ya no es tan importante el compromiso, ya no es tan importante el honor, vivimos en la era del “postureo” y la apariencia y esas “cualidades” distan mucho de ser los pilares sobre los que se cimienta el balonmano español. Esos “atributos” ya han llegado a los jóvenes jugadores y mal que nos pese, también llegará a los entrenadores. En poco tiempo el corazón de nuestro balonmano puede sufrir un infarto y todos habremos tenido la posibilidad de ver los síntomas y nos lamentaremos por no haber hecho nada.
Esta temporada Eduardo García Valiente y Alex Mozas abandonan sus clubes, el primero tras haber acercado a una ciudad ajena al balonmano hasta hace no demasiado tiempo las mieles de la máxima categoría nacional, un entrenador que ha aportado algo mucho más complicado que un sistema de juego a su equipo, ha dotado de alma deportiva a una ciudad y el segundo tras haber conquistado el lugar que la capital del país debería tener siempre en la Asobal. Dos vidas ligadas al balonmano en dos ciudades diferentes que, por las dificultades que vivimos en el balonmano actual he querido conectar, por supuesto siempre desde mi opinión que no vale más que la de un veterano jugador que algún día aspira a convertirse en veterano entrenador.

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